Diccionario etimológico

Uno de estos días quizá nos convenzamos -y se convenzan los alcaldes- de que los ayuntamientos han de volver a ser aquellos entes que se ocupaban de las farolas y los baches de las calles. Conozco pueblos donde la recaudación anual no alcanza para pagar los sueldos del alcalde, funcionarios y liberados.

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He comprado un diccionario etimológico del indoeuropeo para que no me siga esnobeando cierto amigo.
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Uno ve con pesar la decadencia de un blog donde tan buenos ratos pasó y se resiste, como cuando ves convertida en anciana a una mujer madura que aún te gustaba pocos años atrás.
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Ayer compré tres novelas, dos de Amis y una de Barnes. El único problema -llegado a casa- es que ya no disfruto leyendo novelas. ¿Por qué las compré entonces? Por lo bien que sus autores me lo hicieron pasar años atrás, me parece. La misma razón por la que aún fantaseo con perros y caballos.
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He recibido estos días buenas noticias que me aseguran tranquilidad para el año que viene. Y sin embargo no estoy todo lo feliz que debería, como si mi vida en realidad no esperase nada en ese sentido.
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Un nuevo inyectable para la enfermedad dulce. No duele ni molesta, apenas es un momento el que debo perder y todo marcha a pedir de boca. He vuelto al té verde tras la comida y estoy tan sano que comienzo a sentir asco.
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La velada musical en casa de J. alcanzó tal éxito que cinco minutos más y acabamos todos con el “Asturias, patria querida”.