Ya sabes dónde estoy

 

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Querer destruir la historia es una estupidez. La historia se estudia y opina y, cuando se intenta borrarla, se queda marcada en la frente la señal de imbécil para los restos. Ni la damnatio memoriae de los poderosos sucesores de Akenaton consiguieron borrar su memoria, imagina una ley absurda y a deshora promulgada por un gobernante inculto, tonto y malvado.

Me parece muy bien que se hayan retirado los nombres a las calles dedicadas a los fascistas sublevados para no ofender a los vencidos. Pocos estos últimos a tenor de los acontecimientos posteriores, pero todo sea por la paz y la concordia entre españoles. En su lugar calles de La Pasionaria, Durruti, Ascaso, Líster y Modesto pero también del Buen Chekista, de Orlov, del Komintern, de la República Desbordada y entregada a Stalin (este queda demasiado largo, se aceptan ideas), De los Tiros por la Espalda, Ordenados por los Soviets, a los Brigadistas sin Munición, y un etcétera que llega hasta el Gulag y la isla-prisión de Cuba. E tutti contenti.

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Días atrás el profesor Iglesias revolvía en Villafranca de los Barros la memoria de su abuelo, un chekista convicto y perdonado por Franco que, además, le solucionó la vida. En su lugar yo me quedaría muy quieto: los archivos pueden dar serios disgustos.

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Después de ver y escuchar a una representante del pueblo navarro tratando de explicar el enigma de la primera parte contratante sobre la segunda parte contratante te asombras de que le haya dado su voto alguien más que familia y colegas. ¿Cómo están votando los electores? ¿Con las tripas, con el culo quizás?

Me hubiera dejado asar en parrilla si cuando tuve 25 años, a la muerte del tirano, la cortina del tiempo se hubiera rasgado y permitido ver dónde estamos 40 años después. Sin duda que me hubiera marchado a Francia, país de mis amores juveniles.

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La primera víctima de la guerra no es la Verdad sino la integridad moral del individuo.

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En el internado le llamábamos Fidel Castro aunque no llevase barba y es que tal nombre encarnaba en aquel tiempo todos los males. Era un jesuita que no enseñaba pero arrastraba el honroso cargo de Prefecto de Disciplina. Lo que sí llevaba era unas gafas muy oscuras, tanto que nunca podías saber hacia dónde miraba. Y era capaz de mantenerse como una estatua, tan quieto que no sabías si se había quedado traspuesto. Eso era hasta que se levantaba con agilidad y le soltaba una ostia –qué digo ostia, ostión– al confiado. No disfrutaba educando, su placer era el castigo físico.

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¿De dónde es uno? No del lugar en que se nace y tampoco del que se pace. Seguramente del lugar en que te mueres y, con mayores probabilidades, de donde a los demás les da la gana que seas.

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En este tiempo se trata de no aportar nada, de no ser original ni querer impresionar a nadie. Coge un lienzo o un papel y ponte delante del natural para ver cuál es la medida de tu respuesta. Lo que consigas es tu nivel, si eres capaz de no engañarte a ti mismo trufando los medios y el resultado.

No tienes obligaciones con nadie pues nadie las tiene contigo. No debes nada y no te deben. Nadie espera otra cosa de ti  más que te te mueras lo antes posible. Y si esperas vivir de esto tu vida va a ser muy triste, especialmente si llegas a viejo.

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Un mal artista, por hábil que sea, consigue hacernos ver las dificultades que ha tenido que vencer para mostrarnos su logro. Un gran artista, además de un largo añadido, consigue que lo muy difícil (imposible para la mayoría) parezca sencillo y alcanzable.

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A los 30 años quise aprender a pescar a mosca. El mejor entonces –pescaba muy poca gente en España con esta modalidad– era un bilbaíno, joyero de profesión, que se llamaba JP. Conseguí su teléfono y fue muy claro: “Si fueras violinista y quisieras perfeccionar tu técnica, ¿a quién acudirías?”. Le di un nombre (tal vez Perlman o Heifetz) y me contestó: “Pues ése soy yo en la pesca con mosca. Ya sabes dónde estoy”.